Protesta contra la inmediatez
He decidido declararle la guerra a la inmediatez. Estoy harto y cansado de un mundo que gira mucho más rápido que mi capacidad de atención, y de intención. Este es el primer post en mi blog luego de tres años de no haber escrito nada. ¿Y a quién le importa? Creo que a nadie. Y eso está bien.
Cuando abrí este blog quise retomar el viejo hábito de escribir, esa era mi principal intención. Luego, intenté configurar Google Analytics como lo hice alguna vez en mi viejo blog para ver las estadísticas: ¿de dónde viene el público que me leía? ¿Cuáles textos eran los más consultados por mis lectores? Ese tipo de cosas. Lo que me encontré fue un Google Analytics completamente diferente y relativamente difícil de entender; antes hacer la configuración del sitio y enlazarla a tu cuenta de Analytics era un proceso claro y sencillo. Entiendo que el paso del tiempo ha complicado bastante las cosas, incluyendo las herramientas y métricas cuando todo es visto como una economía, la economía del contenido en este caso. Mi batalla contra Google Analytics y Blogger me estaba enredando de más entre otras cosas y terminé por abandonar la idea. Después de todo, ¿quién tiene un blog a estas alturas?
Desde la última vez que escribí, mucho ha cambiado en mi vida en diversos ámbitos, quizá en todos. Me enfrenté a la crisis de los cuarenta, cambié hábitos, quise hacer algunas cosas diferentes para derivar en una nueva versión de mí y lo encontré gratificante. Entendí que una buena parte del problema es el ritmo del propio mundo con el que somos arrastrados por inercia. Sin darme cuenta, terminé viviendo en una realidad muy distinta a la de hace quince o veinte años. "¡Qué ingenuo!" pensarán algunos, pero de verdad que no percibí en qué momento cambiaron las reglas del juego y mucho tiene que ver con esto que llamamos Internet, y que vino a cambiar nuestras vidas para bien y para mal.
La primera red social que conocí fue MySpace, por allá del 2005. Sí, soy de esa generación. Era divertido que todos teníamos un muro virtual que personalizábamos a nuestro gusto, e intercambiábamos mensajes y comentarios entre amigos, tenías línea directa para comunicarte con tus artistas favoritos. Una vez descubrí que una de mis bandas favoritas (MONO, de Japón) había entrado a escuchar mis canciones y eso me entusiasmó como no tienen idea. También había la posibilidad de hacer contacto con algún desconocido (o desconocida) que te pareciera interesante y formar nuevas relaciones. Fui parte de esa primera generación que hizo amigos a través de un foro en Internet donde conectabas con gente que tenía algún gusto en común (por ejemplo, un grupo de fans de The Mars Volta) y después te aventurabas para viajar a otra ciudad y conocerlos en persona. Luego vino Facebook, por ahí alrededor de 2008, y aunque no se podía personalizar tu perfil tanto como en MySpace, me voló la cabeza la capacidad que tenía para reconectar con gente que hace años no encontrabas, saber qué había sido de sus vidas y compartirnos cosas graciosas o interesantes en nuestro timeline. Instagram nos hizo sentirnos fotógrafos y Twitter, micropoetas.
Hoy de pronto me detengo y dejo de hacer scroll. ¿Qué estoy viendo en la pantalla? ¿Cómo fue que terminé viendo videos de simios y chistes forzados por influencers de mal gusto? ¿Otro comercial? ¿Otra marca? ¿Qué producto me quieren vender ahora? No me percaté de cómo esas redes donde compartíamos fragmentos de nuestra vida entre personas reales cedieron paso a la nueva caja idiota, ahora en miniatura para mayor conveniencia, ¡la puedes llevar en el bolsillo a todos lados! No conformes con eso, nos siguen vendiendo la idea de que con el Internet podemos ser independientes: crear nuestro contenido y difundirlo nunca había sido tan fácil. Bueno, sí, pero... NO.
Hubo un momento en el que esa promesa fue cierta. Otro recuerdo que guardo con mucho cariño y gratitud fue cuando me escribió un fan desde Grecia, reclamándome porque no había lanzado nueva música ni había dado actualizaciones de mi proyecto en meses. Un proyecto al que no le había invertido ni un solo centavo en pauta o cualquier otro tipo de promoción; de boca en boca mi música había llegado a otro continente donde tocó el corazón de alguien que ahora me pedía más, como un encore personal pero muy sincero. Era esa misma línea directa que mencioné en acción: ¡CONEXIÓN! Pero gradualmente los algoritmos se fueron volviendo más codiciosos y maquiavélicos, y empezaron a favorecer el contenido que retuviera la atención sin importar lo que llevara dentro: humor o morbo, da igual. Elevémoslo a la "ia" potencia en la fórmula donde puedes generar video e imagen con tan sólo escribir una oración y tendremos un alud de porquería sobre nosotros, donde cualquier intento de creación personal está condenado a morir como una gota de lluvia en el océano (o en este caso, en las aguas del drenaje). Un artista independiente jamás podría competir con eso.
De la otra parte de la ecuación, nuestra naturaleza humana es la culpable de que esos algoritmos funcionen. Nos volvemos tan adictos a consumir el contenido tan rápido e inmediato, que se vuelve una adicción tirar hacia abajo con el dedo pulgar en la pantalla. Necesitamos más, somos insaciables. Necesitamos un golpe de dopamina y cada vez necesitaremos más, así estamos diseñados, y como consecuencia de esto, nuestra capacidad de retención de la atención está muy deteriorada. ¿Cuántas veces se distraen mientras intentan leer la página de un libro, o hacer una cuenta regresiva mentalmente?
Así fue como me di cuenta de que esto es una batalla perdida. No puedo seguir haciendo canciones, videos o incluso textos con la esperanza de que algún día alguien les prestará atención. Hay demasiadas luces llamativas que acaparan la atención allá afuera, y de por sí el reto de exponerse vulnerable mediante cualquier expresión artística ya comprende en sí un gran desafío.
Hasta entonces lo entendí. Algún día tarde o temprano dejaremos el mundo y eso no importará. Y no sólo nosotros como personas, sino NOSOTROS como humanidad. Nada de esto tiene sentido y nuestra vida es apenas un suspiro dentro del marco de la historia, pero eso está bien: nos estamos quitando un gran peso de encima. La vida sólo tiene el sentido que queramos darle nosotros mismos, y no pienso invertir un segundo más en pelearme con mis estadísticas de Google Analytics para seguir escribiendo en este blog, para seguirme preguntando por qué la gente lee o no lee lo que escribo, si escucharán o no mis canciones, o si querrán seguirme en Spotify o cualquiera de mis redes sociales.
Siento que se me cayó la venda de los ojos y me siento muy afortunado por eso. He decidido que este engaño bajo el que viví durante años será el eje temático sobre el que girará mi trabajo creativo en lo inmediato. Este blog se convierte ahora en una especie de diario público que quizá nadie leerá, y mis canciones estarán por aquí aunque no sé quiénes las escucharán. Lo que importa es que serán una huella de mi paso por este universo, y si usted querido lector ha llegado hasta este punto del texto (que ya se extendió más de lo que preveía cuando comencé a escribir), primero le agradezco por concederme unos invaluables minutos de su atención, ahora soy más consciente del valor de su tiempo; y segundo, le invito a unirse a esta protesta contra la inmediatez. Reclamemos nuestra libertad y al final nuestra vida será más plena y nuestra existencia estará bien justificada.Como no me gusta dejar las entradas de blog sin una imagen de respaldo al menos, adjunto una fotografía mía en el último torneo presencial de ajedrez al que asistí el año pasado. La posición en el tablero podría catalogarse como una "captura antes de la desgracia", pero algo que me ha enseñado el ajedrez entre otras tantas cosas, es el no dejar de luchar ante la primera adversidad que nos encontramos de frente. Y por supuesto, la paciencia. Dar mate al oponente nunca es tan inmediato como nos hubiera gustado.

Comentarios
Publicar un comentario